Adentrarse en la noción de precariedad como una de las matrices que hoy definen las trayectorias juveniles en nuestra región, implica comprender entrecruces económicos, políticos y socioculturales que dan forma al orden mundial actual y a la distribución desigual del reconocimiento que en él se les otorga a las personas y a la protección de sus vidas.

Con esto en mente, es posible seguir a Judith Butler en la idea de que vivir en un estado (frágil) de precariedad significa, principalmente, que las necesidades -económicas, políticas y sociales- de las cuales depende nuestra subsistencia, no han sido cubiertas. Y que dar cuenta de esto implica, entre otras cosas, entender los marcos de reconocimiento y distribución de la vulnerabilidad que hacen que unas poblaciones estén más expuestas que otras a la violencia, como algunas personas jóvenes.

Una de las expresiones más explícitas de la precariedad experimentada por las y los jóvenes son los procesos violentos en los que están inmersas algunas de sus trayectorias vitales. Así, según la Organización Mundial de la Salud, el homicidio es la principal causa de muerte entre jóvenes en América Latina, representando el 24% de sus muertes. Y esto no va solo, sino de la mano con otro tipo de violencias relacionadas con la exclusión laboral, la exclusión educativa o la exclusión política, por ejemplo.

La gravedad de esta situación llevó a la creación del término “juvenicidio” para nombrar el asesinato sistemático de jóvenes, el cual se describe a continuación:

“El juvenicidio inicia con la precarización de la vida de este sector, la ampliación de su vulnerabilidad económica y social, el aumento de su indefensión ciudadana y la disminución de opciones disponibles para que puedan construir una plataforma reflexiva que acompañe la justa indignación que recorre diversos escenarios latinoamericanos caracterizados por el artero asesinato de personas que poseen identidades desacreditadas que les vuelven vulnerables frente a las fuerzas del Estado y frente a grupos paramilitares o del llamado crimen organizado” (Conacyt, México)

¿Qué ha pasado para que las personas jóvenes hayan terminado insertas en esta “espiral de violencias sin control”?, se pregunta Rosanna Reguillo, refiriéndose tanto a las violencias articuladas estructuralmente con el binomio pobreza y exclusión, como a aquellas que gestadas y gestionadas “desde el desafío a la legalidad y la crisis de legitimidad”.

Entre las causas de esta situación, Reguillo señala la irrupción de múltiples dialectos violentos en la escena social -relacionados con la pérdida del monopolio del uso legítimo de la violencia por parte de los estados nacionales-; y la ausencia de un relato social capaz de restituir la confianza, dar un horizonte de futuro y transformar en inútil el optar por la violencia.

Así mismo, esta investigadora mexicana identifica tres claves de lectura y de intervención de estas violencias que signan las vidas juveniles y que confrontan, dice Reguillo, no una presencia, sino una ausencia -una nada percibida, el vacío de legitimidad-:

La precarización subjetiva, relacionada con la contingencia e incertidumbre que signa las vidas de las y los jóvenes, así como con la consecuente dificultad de afirmarse en un proyecto de vida y confiar en que es posible lograrlo; el desencanto radical, asociado con la certeza de que el mundo es hostil y se tiene que enfrentar en soledad, dada la pérdida total de confianza en las instituciones y en la sociedad por parte de las personas jóvenes; y, finalmente, la desapropiación del yo, que tiene que ver con la autoculpabilización de las y los jóvenes por aquello que perciben como fallas propias y siempre individuales: es la “narrativa precarizada de la propia vida”.

En este escenario, cobra relevancia la pregunta explorada por Judith Butler sobre qué vida política se debe construir para lograr una comunidad global basada en el cuidado y el reconocimiento, dado que, desde su perspectiva, la democracia solo puede existir si cuenta con condiciones materiales que eviten la precariedad y se moviliza cuando las personas, desde su vulnerabilidad, las demandan, las exigen.

Esta comprensión es crucial, desde la mirada de Butler, en un mundo donde la participación, que es la base de la democracia, es puesta en jaque por la privatización de los bienes públicos, la desigualdad económica acelerada y el uso estatal de tácticas autoritarias, en tanto generadores de precariedad. Y requiere, sobre todo, impulsar nuevos marcos de sentido que den cuenta del cambio que esto supone en el espacio de la política. Porque la política tradicional solo es posible cuando la libertad de los seres humanos se encuentra asegurada y sus necesidades básicas satisfechas. Porque la vulnerabilidad potencia en las personas un deseo de manifestarse que puede dar vida a un movimiento de resistencia con potencial revolucionario.

Así, siguiendo a esta pensadora, los movimientos sociales activan derechos que no son reconocidos o que no se pueden dar por sentado, en un escenario en el que el capitalismo distribuye de manera desigual los bienes y servicios y también la vulnerabilidad, haciendo que algunos grupos estén más expuestos al daño. Son estos grupos los que se movilizan, impulsados por la precariedad, estableciendo alianzas corporales y desafiantes; alianzas que les exponen, que les hacen visibles, que les permiten estar allí reclamando una vida vivible y una democracia radical basada en la igualdad.

En un sentido similar, Rosanna Reguillo señala cómo el desencanto de las nuevas generaciones y su sentido de injusticia también se expresa en indignación, de la cual los años 2011 y 2012 fueron gran referencia, dadas las movilizaciones vividas en España, México o Chile. Movilizaciones que demandan nuevas claves de lectura de la política contemporánea, en las que, por ejemplo, se entienda a las emociones como catalizadoras de la protesta; y también de los procesos de construcción de las identidades juveniles que se hacen desde la complejidad, la inestabilidad y el hartazgo.

Porque no se trata solamente de conocer las condiciones y las transformaciones asociadas a estas movilizaciones, sino también a quienes las protagonizan. Y, en este sentido, algunos de los puntos de indagación claves para Reguillo son la proliferación de formas organizativas, que ya no responden necesariamente a un centro; los cambios estructurales en los modos de asumir los liderazgos, más horizontales, quizás; la vinculación con los dominios tecnológicos y sus formas, lenguajes, dinámicas y velocidades; y el funcionamiento de micropolíticas que combinan afectos y razones, o el cuerpo en la calle con el cuerpo en la red.

En suma, entender hoy las subjetividades y territorios juveniles, implica atender y entender un contexto global marcado por la precariedad -económica, política y sociocultural- y los procesos de precarización emanados desde diferentes actores e interacciones; pero también la agencia de las y los jóvenes que se despliega, de formas inimaginables, en estos marcos.

Informe OMS:
https://www.infobae.com/america/america-latina/2019/03/06/de-que-mueren-los-jovenes-en-america-las-tres-principales-causas-son-evitables/

Judith Butler:
https://psicanalisepolitica.files.wordpress.com/2014/10/butler-judith-vida-precaria.pdf

Juvenicidio:
https://centrosconacyt.mx/objeto/juvenicidio/
https://www.academia.edu/27224383/Juvenicidio._Ayotzinapa_y_las_vidas_precarias_en_America_Latina_y_Espa%C3%B1a.pdf

Rosanna Reguillo:
http://www.debatefeminista.cieg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/048_08.pdf

Imagen: Enrique Uriel Ordóñez Guadarrama, México.