Equipo de Acción cultural – OIJ

Iberoamérica es una región extraordinariamente diversa. En sus identidades, en sus orígenes, en sus realidades sociales y económicas. Somos fruto de un crisol de culturas y de mestizajes que han dado como resultado múltiples identidades y manifestaciones culturales. Por ello, uno de los grandes retos que enfrentamos es construir un marco cultural común que, a la vez, sea capaz de poner en relación, en condiciones de igualdad, nuestra enorme riqueza de orígenes, marcos simbólicos y apuestas políticas, así como su expresión plural.

Las expresiones y movimientos culturales siempre han sido parte fundamental en la historia de los grandes cambios sociales. En Iberoamérica, especialmente, las prácticas culturales se han posicionado históricamente como uno de los principales impulsores de la inclusión y la transformación social, mientras que las identidades culturales han sido asumidas estratégicamente -dependiendo del lugar de enunciación- como detonante de reivindicaciones o como justificante de exclusión y marginalización. De hecho, la cultura ha sido una parte fundamental de la agenda del proyecto iberoamericano desde su nacimiento.

Si hablamos de prácticas e identidades culturales como ejes de las transformaciones sociales de nuestra región, debemos aceptar que las personas jóvenes, a lo largo de las generaciones, han sido y son protagonistas indiscutibles de tal dinamización y movimiento. Esto, en el marco de la diversidad que se ha señalado, enfatiza la importancia de hablar de culturas y juventudes plurales y heterogéneas; reconociendo que son indisociables porque, potenciados en conjunto, contribuyen a consolidar una Iberoamérica más justa, más inclusiva, y más sostenible.

Afortunadamente, esta diversidad, que ha sido ampliamente reconocida en los discursos formales, se ha ido incorporando progresivamente en el enfoque de las políticas culturales de los países la región, superando las interpelaciones a las personas jóvenes como un grupo uniforme, para pasar a visibilizar los múltiples cruces de identidades y prácticas que las van definiendo o que ellas y ellos van asumiendo.

Sin embargo, las políticas públicas aún tienen que enfrentar otros desafíos de fondo. Por ejemplo, en tiempos de desafección hacia lo público, como los actuales, es importante que reivindiquen lo público como espacio de todas y construido por todas; como un espacio de pluralidad y encuentro entre diversidades. Es más, si asumimos que la cultura no es exclusiva de algunos, sino que es producida colectiva y públicamente, en su marco, y en términos normativos, la exclusión no tiene sentido ni debería tener cabida. Por ello, la tarea que tenemos por delante es gestar políticas que sean realmente inclusivas y que visibilicen, promuevan y protejan las diversas expresiones y movilizaciones culturales.

¿Cómo lograrlo? Quizás la clave esté en crear políticas más democráticas en su esencia; es decir, políticas que efectivamente incorporen en su diseño e implementación a toda la ciudadanía, lo que significa darles protagonismo no solo como sujetos receptores de esas políticas, sino también una participación real y activa en la toma de decisiones. La región cuenta con algunas experiencias en este sentido. Así lo demuestran las diferentes prácticas de gobierno abierto, autogobernanza o presupuestos participativos que florecen en varias ciudades, como CONSUL, una plataforma de software libre para la participación ciudadana usada ya en Madrid, Buenos Aires, Montevideo, Porto Alegre, Quito, La Paz o Bogotá.

Estas realidades nos están demostrando que incorporar las diversas miradas de la sociedad civil a los procesos de decisión pública, a través de políticas culturales de proximidad, permite lograr una ciudadanía más comprometida en la defensa de lo público. En estas políticas de proximidad, las instancias de gobierno local adquieren todo el protagonismo por ser las más cercanas a las personas y, por tanto, las más capacitadas para construir discursos y políticas acordes con las particularidades de los territorios y las necesidades de las comunidades.

En este sentido, el contexto local sigue siendo hoy una plataforma privilegiada para la cultura y un espacio de oportunidad para la innovación. Así, aunque la lógica de la centralidad urbana sigue teniendo un fuerte peso en una región eminentemente urbana como la nuestra (en la que los grandes polos culturales posicionados oficialmente siguen concentrándose en las ciudades), parece que, desde abajo, empieza a superarse y diluirse la dicotomía entre centros y periferias culturales.

Es que en un contexto como el actual, en el que el propio concepto de territorio es cada vez más cambiante y dinámico, nos encontramos diversos centros y diversas periferias en constante redefinición, en función de las relaciones y procesos que se derivan de los avances tecnológicos, el acceso a la información y el conocimiento compartido. Surgen así nuevas comunidades, redes, espacios de encuentro, lógicas participativas y tejidos relacionales que transcienden de lo puramente local para conectar a las personas y, por extensión, a los propios territorios, tanto de forma virtual como física.

En este nuevo contexto de hiperconectividad entre realidades, en el que lo urbano se ruraliza y lo rural se urbaniza, adquieren también gran protagonismo nuevas prácticas, surgidas directamente de contextos rurales o no urbanos (como la agroecología, el cooperativismo, la reinterpretación de la cultura tradicional desde una óptica contemporánea, la economía de proximidad o de “km Cero”, etcétera) que están inspirando e impregnando nuevos procesos culturales en las ciudades (huertos urbanos, cooperativas ciudadanas, redes de cuidados y otras metodologías colectivas) que contribuyen a revitalizar, especialmente, zonas periféricas y degradadas de nuestras ciudades.

Es importante señalar también que en estas periferias surgen a menudo espacios y prácticas culturales más libres, transgresoras, críticas o experimentales, alejadas del encorsetamiento cultural de los núcleos urbanos.

En definitiva, todas estas nuevas lógicas participativas hacen que la propia cultura se enriquezca y se haga aún más diversa y compleja en nuestra región. Y, sobre todo, ayudan a impulsar nuevos procesos de construcción de ciudadanía y democracia, cuyo principal valor radica en que surgen de abajo hacia arriba: desde la iniciativa ciudadana, hasta llegar a inspirar, orientar e impregnar las iniciativas públicas, tejiendo nuevos espacios de encuentro que transcienden lo local.

En este complejo escenario, entendemos que nuestro rol principal como Organismo Internacional es ser un catalizador de procesos; es decir, un facilitador, visibilizador y amplificador de la acción cultural joven que ya existe en todos los rincones de Iberoamérica, ofreciendo nuestra red de recursos a creadores y colectivos culturales, de forma que cuenten con un nuevo vehículo para reforzar sus identidades y para dar voz a sus procesos y proyectos culturales.

Esto implica, primero que todo, facilitar procesos antes que programaciones; mapear experiencias antes que generar proyectos desligados de la realidad; e impulsar redes antes que dirigismos.

En nuestra propia experiencia, mapear o cartografiar iniciativas culturales juveniles es la mejor manera de visibilizar diversidades, acciones y procesos culturales -invisibles para muchas instituciones, pese a que se están dando en sus propios territorios-. Los mapeos permiten desafiar los relatos dominantes y encontrar soluciones distintas a problemáticas similares, facilitan las conexiones y los procesos de trabajo compartido y ayudan a construir conocimiento colectivamente. Permiten, además, vincular a agentes públicos, privados y comunitarios, creando espacios de encuentro que nos permiten conocer, reconocer y valorar una diversidad que solo puede fortalecer los proyectos culturales.

Por otra parte, en un contexto de recursos financieros limitados, entendemos también que es importante, antes que otorgar un financiamiento que ni siquiera las instituciones tenemos asegurado, fortalecer capacidades y consolidar espacios de cooperación multidisciplinar y multinivel (institucional, privada, social) que ayuden a hacer sostenibles los proyectos y a diversificar sus fuentes de recursos.

Asimismo, fortalecer las capacidades de las personas y los colectivos genera oportunidades de aprendizaje y profundiza las habilidades y competencias necesarias para hacer autosostenibles los proyectos culturales impulsados por jóvenes. Esto, además de impulsar emprendimientos, luchar contra la precariedad y crear empleo cultural en condiciones más dignas, ampliando el trabajo en red y promoviendo entornos propicios a la creación y la innovación.

Nuestro programa Travesías es un claro ejemplo de todo esto. Un programa que, en solo 3 años de vida, nos ha permitido:

  1. Mapear y dar visibilidad regional al crisol de identidades y prácticas culturales y creativas que las personas jóvenes están liderando, desde todos los rincones de la región, dando espacio, tanto a las desarrolladas en los grandes polos culturales, como a las surgidas desde entornos más periféricos. De este modo, hemos logrado cartografiar a cerca de 700 colectivos culturales de jóvenes de casi 300 localidades de los 21 países iberoamericanos (desde grandes urbes como Ciudad de México, Bogotá o Madrid, a localidades rurales como Góis, en Portugal; Novo Airão, en Brasil; o la isla de Roatán, en Honduras).
  2. Canalizar el papel de las personas jóvenes como agentes de cambio, otorgándoles herramientas formativas con las cuales fortalecer los impactos de sus iniciativas. Para ello hemos creado un programa formativo -gratuito y online- en innovación y activación de la cultura local en el que, en sus 3 primeras ediciones, han participado más de 11.000 jóvenes y se ha logrado movilizar internacionalmente 14 proyectos culturales con impacto social liderados por 28 agrupaciones en 22 localidades de 11 países iberoamericanos y cuyos impactos se han irradiado a cerca de 1.800 personas.

Travesías es, en suma, un programa que se asienta en el territorio local (en tanto plataforma privilegiada para la innovación cultural), permitiendo a las instituciones locales mapear y conectarse con el tejido cultural y asociativo de las personas jóvenes de su municipalidad, así como crear comunidades de trabajo colaborativo y redes de innovación regional.

Dado su éxito, nuestro propósito es implantar de forma aún más intensa este programa en los municipios, desarrollando ediciones presenciales que permitan a los gobiernos locales reunir a colectivos de jóvenes en un espacio de trabajo colaborativo en el que puedan generar prototipos de proyectos para implementar en sus propias comunidades, en otras ciudades y en otros países, conectando así los programas y políticas municipales con el tejido cultural de sus ciudades y generando, en definitiva, un proceso de inteligencia colectiva en torno a la cultura.

Para finalizar, una última reflexión: un simple cambio en nuestra mirada puede ser el detonante de grandes transformaciones. En este sentido, si queremos que las políticas culturales sean un reflejo real de la diversidad de nuestras sociedades, quizás sea necesario trazar un nuevo relato de la cultura.

La cultura es, por supuesto, fundamental para el impulso de las economías locales, pero también aporta otros beneficios que no son tan fáciles de cuantificar, como el valor social o el educativo. Hoy en día, la mayoría de instituciones reconocen -al menos formalmente- el impacto social y económico de la cultura, pero quizás sea el momento de ensalzar el valor de la cultura como fin en sí mismo, como poseedora y generadora de valor, sin necesidad de que sea medio de nada.

Porque a nivel individual favorece el desarrollo integral de las personas, promueve el pensamiento crítico e impulsa la creatividad; aspectos que, puestos en sociedad, motivan cambios y miradas inclusivas. Y porque la cultura no se escribe con mayúsculas ni es un producto en sí mismo; son maneras de entender el mundo, de posicionarse frente a las realidades e, incluso, de desafiarlas para transformarlas.

Es importante, por tanto, reivindicar lo macro, pero también lo micro. Hablar de impacto en el PIB, de rentabilidad, de incentivos al emprendimiento, de industrias culturales y de cifras de asistencia o consumo cultural; pero también de que la cultura la construyen las personas, del valor de la creación, de los procesos ciudadanos y del empleo digno. En definitiva, de la cultura como punto de encuentro, como oportunidad para reducir desigualdades y como derecho.

Y es importante, sobre todo, que estas reflexiones transciendan de las palabras e impregnen las políticas públicas e iniciativas que impulsamos porque, solo de esta forma, podremos evitar que se siga quedando gente en los márgenes (como, lamentablemente, sigue sucediendo en la región).

Este es nuestro compromiso y es nuestro reto. Y, para lograrlo, son fundamentales espacios de encuentro que nos permitan caminar en una misma dirección. Así que les invitamos a acompañarnos.